Cuando Monserrat despierta, mira hacia su ventana y ve a través de las cortinas pequeños reflejos de la luz del día. Es invierno, el sólo hecho de salir de cama es toda una odisea para quien sufre con el frío (aunque en su interior le encanta).
Después de un rato logra levantar su cuerpo y sus fuerzas. Se arregla el pelo. Se pone un jeans. Come algo. Toma su cojín favorito y se lanza nuevamente sobre sus sábanas (claramente sin ordenar). Bebiendo la pereza de soñar sus pensamientos giran en torno a su clásico conflicto: la soledad.
Tan maldita, tan necesaria. No está dispuesta, no quiere alejarse, aunque eso implique una vida entera. Una larga y frondosa vida entera.
¿Aquel es importante?, ¿aquel merece tanta atención? Monserrat sabe que aquel, siendo un extraño, le entrega esas emociones guardas y escondidas en el lugar más lejano de su corazón (y su consciencia). Emociones que ella se niega a respetar. Emociones que rompen con toda la estabilidad, que quiebran un mural que tardó años en construir. Ahora bien, ¿vale la pena desarmar una creación de años por aquel?
La historia rosa o el cuento feliz dirían "sí, merece la pena". Pero ella sabe que esos finales no son más sueños. Ella no es la princesa afortunada. Monserrat no está dispuesta de dejar su soledad, es lo único que tiene...